domingo, 16 de septiembre de 2012

Sin reservas


Anthony Bourdain 
se confesó en Caracas
© Jacqueline Goldberg


Incontenibles son las pasiones que desata Anthony Bourdain a favor y en contra. Su llegada a Venezuela estuvo precedida por una expectativa sin parangón: se le anunciaba por doquier como a un gurú; una colosal valla publicitaba al final de la avenida principal de Las Mercedes su conferencia “Confesiones de un chef”; doscientos fanáticos pagaron casi dos millones de bolívares por verlo en vivo el pasado 23 de agosto en el Hotel Tamanaco, donde compartió flashes y discursos con los chef venezolanos Sumito Estévez y Edgar Leal, gracias a una alianza de The Media Office y Absent Papa.
Anthony Bourdain es una estrella. Él lo sabe. Por eso posa coqueto frente a las cámaras, se da el gusto de decir lo que le da la gana y salta todos los convencionalismos en su serie televisiva Sin Reservas, que transmite el canal Travel and Living.
Patrón del restaurante neoyorquino Les Halles y autor del controversial libro Confesiones de un chef —en el que no faltan apuntes sobre su antigua adicción a las drogas y la violencia en las cocinas de los restaurantes— escandaliza al mundo gourmet, que cada semana lo ve de reojo degustar bocados de dudosa procedencia, sin que le importen la salubridad o calorías del mismo: “Soy un testigo, no una autoridad ni un crítico, ni un experto. Soy un tipo afortunado que tiene el mejor trabajo del mundo. Si tengo una misión, es tratar de divertirme lo más que pueda. Por eso cuando viajo lo hago conciente de la suerte y el don que tengo. Como chef no tengo ninguna responsabilidad social. No me interesa si mi comida es buena, si es saludable, si es costosa o si se le hace daño a un animal. Mi responsabilidad es que sea la comida más sabrosa que puedo hacer y que quizá además aumente la posibilidad de una buena noche sexual luego de probarla. Es todo”. 
Bourdain recalcó en una rueda de prensa en Caracas —en la que además de periodistas había cocineros, curiosos y hasta un niño fanático de sus proezas culinarias— que el mundo gastronómico ha dado un vuelco inaudito: “Antes los restaurantes eran vistos como un refugio a los que la gente iba a hablar de libros, teatro o cine, ahora van a hablar de comida. Creo que no se puede ser tan analítico con lo que se come. Cocinar es un acto de dominio y comer un acto de sumisión”.
En su libro —traducido a veintitrés lenguas—, se confiesa un buscador de sensaciones, “un sensual hambriento de placeres, siempre con el afán de provocar, divertir, aterrorizar y manipular. Siempre con el afán de llenar ese lugar vacío de mi alma con algo nuevo (…) La vida de cocinero ha sido para mí un largo enredo amoroso, con momentos tanto sublimes como ridículos. Nunca he lamentado el inesperado giro de mi vida, que me hizo caer en el oficio de los restaurantes. Siempre he creído que la buena comida, el buen yantar está por encima de todo riesgo”.

Publicado en la Revista Papa & Vino, 2007